jueves, 25 de noviembre de 2021

El empleado y el patrón, tercera película de Manuel Nieto, aborda las fricciones entre el dueño de una estancia y un peón díscolo.

Por Hernán Cortés

Primero fue el balneario de La Pedrera (La Perrera), luego la ciudad de Salto (El lugar del hijo) y ahora una estancia en Rivera, casi en el límite con Brasil: parece que Manuel Nieto Zas puede filmar en Uruguay y prescindir de la centralidad de Montevideo. Y es en el interior del país donde el director desarrolló una temática presente en sus tres películas: las tensiones entre el campo y la ciudad, más precisamente, como explicita el título de su último trabajo -El empleado y el patrón, coproducción con Argentina, Brasil y Francia que integra la Competencia Latinoamericana del Festival de Mar del Plata-, entre patrones timoratos (o herederos que les cuesta asumir responsabilidades) y empleados que aprovechan esas vacilaciones.


Rodrigo (Nahuel Pérez Biscayart) es hijo de un poderoso terrateniente (Jean Pierre Noher) que le delega el manejo de una finca en el departamento de Rivera. Con Federica (Justina Bustos), su mujer, tienen un bebé con algunos problemas de salud. Ante una merma de peones, Rodrigo contrata a Carlos (Cristian Borges), un joven introvertido hijo de un ex empleado del lugar, para que se ocupe de la cosecha. Pero al poco tiempo de empezar a trabajar, en una maniobra con un tractor donde lo acompañaban su mujer y su pequeña hija, Carlos vuelca en una zanja y en el accidente muere la beba. 

Carlos, a quien la tragedia lo deja aún más ensimismado, asume la culpa, pero el sindicato de trabajadores rurales impulsa un juicio contra los dueños de la estancia. En tanto, Rodrigo trata de acompañar como puede a Carlos y su familia (lo compensa económicamente, le ofrece trabajo a su mujer), pero la demanda parece inminente y las tensiones no tardan en aflorar: Carlos en cierto modo extorsiona a Rodrigo para que le preste un caballo para correr un raid, su mujer increpa a la de Rodrigo. Para utilizar un término actual, los empleados se empoderan.

Nieto Zas describe con agudeza esos conflictos de poder, cuando no queda definido si quienes mandan actúan con genuina empatía o solo por conciencia de clase, y la sorpresa al advertir que quienes obedecen no son todo lo sumisos que pensaban. La película es como una olla a presión donde aquellas tensiones finalmente vuelan por los aires. Es que esa alteridad, ese encuentro con un otro diferente, es la grieta más antigua de todas. 

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