El camino contrario (Daniel Flores y Martín Wain) narra la historia de El Corte, grupo de los 80 que alcanzó estatus de culto, y de Hernán Reyna, su enigmático cantante
Por Hernán Cortés
Quienes conozcan a Daniel Flores, director de la edición local de la revista Rolling Stone, sabrán de su entusiasmo por las historias periféricas del rock, leyendas de músicos malogrados y grabaciones que no figuran en los relatos oficiales. Flores fue fan en tiempo real de El Corte, fugaz grupo de la escena porteña ochentosa que editó dos discos y tocó en vivo solo un puñado de veces. En particular siempre le intrigó la borrosa figura de Hernán Reyna, uno de sus dos guitarristas y cantantes (el otro era Javier Calamaro), que murió ahogado en España en 1994. Realizado en conjunto con Martín Wain, El camino contrario (título tomado del segundo álbum de El Corte) es una investigación que revisita este capítulo casi perdido dentro del rock argentino.
El documental está claramente dividido en dos partes. Hay una intención primaria (quizás porque, más allá de algunas fotos, el material de archivo de esa etapa no abunda) de contar la historia de El Corte a través de sus propios integrantes. Allí vemos a Calamaro, al tecladista Federico Oldemburg, al bajista Pablo Martín y al baterista Leonardo Ramella repasar algunos mojones clave de la banda: cómo se conocieron Calamaro y Reyna, su antecedente con Frappé, la singular grabación del primer disco (en un galpón de Obras Sanitarias), la postura anticomercial del grupo, su posterior separación, todo complementado con otras voces que orbitaban en torno suyo (los músicos Sergio Rotman y Ariel Minimal, la fotógrafa Andy Cherniavsky, la artista plástica Nushi Muntaabski). No hay que esperar aquí las típicas anécdotas rimbombantes de sexo, drogas y traiciones, sino intentar entender que, por fuera del poptimismo de la joven democracia argentina, había gente que en los sonidos opresivos encontraba belleza. Esos dos discos les llegaron a pocos (Pablo Martín arriesga que no son más de trescientos personas), pero para esos pocos deben haber significado mucho.
Es en su segundo tramo cuando El camino contrario abandona el tono didáctico y se concentra en el devenir de Hernán Reyna. Disuelto El Corte, Reyna se fue a Europa (primero a Berlín y luego a España) con un amigo y su novia de entonces con la idea de seguir dedicándose a la música (allí se rencontró con Oldemburg para grabar unas canciones). A juzgar por algunas filmaciones donde se lo ve tocando la guitarra o paseando por un entorno silvestre, parecía feliz. Pero, ¿quién era realmente? La pregunta ronda toda la película y los testimonios de su hermana, su madre y sus dos últimas parejas tal vez no lo terminan de explicar del todo. Talentoso, sensible, dueño de una voz única, Reyna era una persona con varios matices. ¿Pesaba más en él la oscuridad de El Corte o la aparente luminosidad de esos últimos años? Interrogantes que quedan flotando luego de la proyección.
Sin dudas el momento más impactante del documental es la reconstrucción del accidente en el que murió Reyna, cuando él, su novia española Sol y tres amigos salieron a navegar por la costa de Jávea, en Alicante (donde vivían por aquel entonces), y una tormenta dio vuelta la lancha en la que se encontraban. Treinta años después, Sol, que sobrevivió, recorre el lugar de los hechos recordando muy vívidamente detalles como las grutas por las que habían pasado y el clima feroz del día de la tragedia. Las nubes amenazantes y los constantes bamboleos de la embarcación durante el rodaje provocan una inquietante sensación de deja vu.
En tiempos donde nuestro país vive un reverdecer pospunk, este rescate de Flores y Wain resulta un acto de justicia poética, una suerte de reparación histórica con un grupo injustamente olvidado pero que ahora vuelve a la vida. Será tarea de las nuevas generaciones descubrirlo.
El camino contrario se proyecta por última vez en el Bafici el jueves 23 a las 17 hs en Cinepolis Recoleta

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